La lealtad y el miedo

Cuando recupere este diario, lo hice como una forma de decir las cosas que, por diversas razones, ya no podía decir en otros espacios, con más intención de sacarlo de dentro que de alguien realmente lo leyera. Ciertamente me he movido entre los peligrosos límites de la autocompasión y la autocomplacencia, empujado por un atávico miedo al rechazo social colateral. Digo esto porque nunca temí el rechazo por causa propia, ese depende de mí y puedo o no actuar en consecuencia, pero el repudio por carambolas ajenas a mí me destroza, escapa totalmente a mi control y a mis acciones para remediarlo. Y lo cierto es que es el que más me ha tocado sufrir últimamente.

Mi principal cualidad política (que no la única, espero) siempre fue la lealtad, algo que choca enormemente con alguien de espíritu tan crítico como yo. La lealtad es siempre hacia las personas, no hacia las siglas. Y mi lealtad, tanto hacía mí mismo como hacia aquellas personas en quienes la he depositado ha sido y es, para bien o para mal, inquebrantable. Puedo sacar pecho de no haber dejado de hacer lo justo y lo ético en Sanse apoyando a gente que estaba en mi espectro político opuesto dentro del partido, aunque ello se me llevara por delante cuando la avidez por el poder de otros nos alcanzó, ya muy mermados por el castigo constante. Aguanté un infierno por lealtad y principios. Hubo amenazas, algunas se asumen con el puesto, otras, como amenazar a mi hijo recién nacido, me destrozaban por dentro. Pero había que seguir. Por lealtad.

Me convertí en un paria en mi propio municipio. La gente a la que yo era apoyé abandonó el barco. Querían ser sus propios almirantes. Ningún reproche: ideológicamente no era mi proyecto, y yo soy lo suficientemente cabezota como para no dar por perdido algo sin intentar arreglarlo primero. Me aislé. Me obligué a una cuarentena en un municipio que a pesar de ser el mío, ya no siento como tal, y en el que todavía se me insulta por cosas que ni siquiera van conmigo.

Encontré refugio con otros desamparados que compartían, no solo visión, sino la misma sensación de pérdida de espacio. Fui feliz. Hicimos cosas buenas. La vuelta al terreno de juego me puso a prueba. Y fallé. Quizás no mi lealtad, porque no me quejé por no poder hacer lo que se me daba bien y tener que conformarme con hacer lo que nadie quería. Creo que demostré más cruzándome toda la comunidad para acabar de rodillas (literalmente) limpiando el nombre de una amiga que otros habían preferido pisar y marchándome de allí antes de que mi presencia por aquellos lares pudiera suponer un conflicto a nadie. O callándome las cosas que me callé. No, no fue mi lealtad, pero lo cierto es que fallé, porque finalizada esa campaña ya no volvió a ser lo mismo. Perdí demasiado ahí. Y cuando no hay amarres, la deriva te acaba por alejar de la orilla.

Es realmente jodido verse alejado de la gente a la que considero amigos, a la que respeto profundamente. Siempre habrá conflictos, es innato a la actividad en sí, pero espero que no siempre se solventen igual, porque huir de ellos nunca es la solución. Hubiera querido culpar a alguien, que el odio me hubiera hecho mi destierro más llevadero. Pero no puedo. Otra vez la maldita lealtad.

Ha sido un año realmente duro. Por lo menos en este ámbito. Quienes han estado a mi lado saben lo mal que lo he pasado. Y se han dejado la piel para sacarme de ese estado. No hay suficientes palabras de agradecimiento para esas personas. En realidad no tengo ni una mala palabra para nadie. Tengo cariño hasta a gente que no me dirige la palabra, y eso no va a desaparecer. Hoy una amiga me hacía reflexionar sobre esto, sobre si no sería ya una cuestión de autoexclusión. Es posible. Quizás ahora me pueda el miedo a no tener a quién ser leal.


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